7 d’octubre del 2007

El nacimiento de la luz III

LA BÚSQUEDA

Dirk se levantó pronto. Preparó su desayuno habitual, y fue a darse una ducha. Después devoró rápidamente su comida matutina previamente preparada y se marchó volando a la biblioteca. En Avalón las bibliotecas estudiantiles estaban abiertas siempre, así que no importaba que fuera domingo. Al contrario un día bastante transitado, en lo que a la biblioteca se refiere. La gente aprovechaba el silencio de la biblioteca para realizar mejor sus estudios. Ya que en la ciudad, el murmullo era constante, incluso encerrado en casa era imposible conseguir un silencio total. Ese silencio sólo se conseguía en las bibliotecas, por esta razón siempre estaban muy pobladas.

t’Larien buscaba en la sección de naturaleza, buscaba toda la información que su Jenny le había pedido que investigará. De momento, los frutos que había logrado en tres horas de búsqueda, era tan sólo el nombre de ese insecto, larba-cristalizadora, o más conocida como “La Cristalina”.

Pasaron unas cuantas horas más de búsqueda. Era ya el mediodía y todavía no había encontrado nada más interesante sobre ese curioso insecto, sólo su denominación y su localización de origen, el desierto Stayaan, bastante cerca de dónde ellos residían. Así que Dirk decepcionado y cansado se fue al bar a comer un poco, estaba hambriento.

Por su parte, Gwen terminó sus clases matinales de deporte se duchó y se fue a ver al Dr.Derrick. John Derrick era el profesor más querido de la universidad, por su amabilidad hacia los estudiantes, y gracias a su autodenominada Iglesia. La Iglesia, era el jardín botánico donde el doctor pasaba todas sus horas no lectivas. Allí atendía sin reparos a todos aquellos estudiantes curiosos, o más adelantados. Gwen por supuesto era una de sus alumnas más avanzadas, de las más intrigantes y complacientes. Y ella tenía en el centro botánico su segundo hogar, la casa que echaba de menos. Así se convirtió la jovencita Gwen en el monaguillo del viejo Derry, así conocían en la universidad, el vinculo formado entre el profesor chalado y su alumna preferida.

Gwen entró en la Iglesia buscando al reverendo Derry, así lo llamaba ella amistosamente. Y allí lo vió, a John en su casita de cristal. El doctor estaba en su pequeño invernáculo dentro del centro botánico, trabajando en unas semillas nuevas que le habían llegado de los mundos exteriores de Avalón.

En seguida, vió a su pupila allí, esperándole de pie y salió rápidamente del habitáculo cristalino. El doctor saludó efusivamente a Gwen, como si de su hija se tratara, y se pusieron a hablar de inmediato. Hacía unas semanas que no se veían, debido a las tareas de ella, y se notaba, tenían mucho que contarse. Hablaron de cosas sin importancia un buen rato y luego decidieron ir a la cabaña del profesor a comer juntos. La cabaña que se encontraba justo al final del jardín botánico.

El viejo Derry, era un hombre muy solitario, un hombre culto, de estudio, un hombre independiente, por eso a pesar de su soledad, no quiso ni tener una mujer para las tareas de casa, prefirió un robot. Un robot de ultimísima generación. Un WalterMix 7.2-RT, una serie limitada de cien mil unidades, muy pocas para tanto sistema planetario. Un robot que era capaz de hacer cualquier tarea, y con la ventaja de que si no sabía hacer algo o era una nueva habilidad, sólo tenia que conectarse al centro de control de la Unión Robótica S.A. de la central en Avalón, y por un precio no precisamente módico, se transfería al robot, toda la información, datos, o incluso el nuevo programa, necesario para su actualización a las nuevas habilidades o conocimientos.

Así que llamaron a Walter, que con ese nombre respondía a las ordenes que se le daban, para que les hiciera la comida, mientras ellos se sentaron en la mesa a la espera de recibir un suculento manjar. Entonces volvieron a empezar la conversación, fue en ese instante cuando Gwen empezó a hablar de lo sucedido el día anterior en el Space, en compañía de Dirk.

El doctor escuchaba con mucha atención, todo aquello que relataba su alumna, y lo hacia con leve una sonrisa por debajo de la nariz, ya que conocía perfectamente a ese animal, a ese insecto. Que recuerdos. Que sueños. Nunca se puede olvidar. No se debe olvidar. Felicie seguía viva en su interior. Y en ese instante lo recordó. La deseó de nuevo. Se emocionó como hacía mucho tiempo que no lo hacía.

Hubo una vez en que Derrick no fue solitario, una vez que fue completo, una vez que fue tan feliz como parecía en esos momentos la ingenua de Gwen. Toda aquella historia le recordó el pasado, un pasado que tenia tan olvidado, que parecía no haber existido nunca. Después de quedarse unos segundos desconectado, el profesor mostró una sonrisa melancólica y empezó a contar una historia a la pequeña Gwen. Concretamente su historia, y su relación con la Cristalina, el insecto de tanta admiración. Admiración que sentía la joven Delvano, y admiración que sintió en su día la fallecida Felicie, la mujer del profesor. Su recuerdo trajo a los ojos del doctor una lágrima de felicidad y melancolía. Gwen no dijo nada, sólo escucho lo que Derry quería contar.

La historia empezó en los largos jardines del centro de la ciudad. Un día de amor en primavera, entre árboles y flores de colores vivos, en su máxima floración, colores y olores que hacían de un simple jardín el mejor de los paraísos. En un claro de parque yacían los enamorados, abrazados, el uno con el otro, gozando de la compañía, sólo algún beso era capaz de romper aquella armonía.

Con tanta pasión les pasó el tiempo volando, Felicie se dio cuenta, y se levantó rápidamente, recogió sus cosas, y enderezó su rubia cabellera con un pequeño y brusco ladeo se su cuello. Ese gesto tan característico, tan poderoso y tan atrayente a la vez, volvía loco, al entonces jovencísimo profesor. Pero esa vez hubo una ayuda a tal admiración, y fue la repentina aparición de la cristalina, el bello insecto.

Así fue como Derry tuvo su primer encuentro con el animal que tenia fascinada a su alumna. El doctor contó a Gwen todo lo que sabía sobre el animal. Y esta quedó satisfecha. Después de su comida con el profesor y las historias de sobremesa, se fue a la residencia, pasando por el parque del campus. Lo hacía a menudo cuando necesitaba pensar o meditar alguna cosa. Esta vez se detuvo a la sombra de un gran árbol, ahí sentada y mirando al horizonte con la mirada perdida, Gwen se encontró de nuevo con el insecto.

Fue un instante, como una aparición, como un sueño, pero esta vez la jovencita sabía que lo volvería a ver una y otra vez hasta que el insecto completará su cristalización, el fin y el motivo de la vida de la bonita mariposa. Así se lo había contado Derrick.

Como cada noche, las residencias de los dos estudiantes se unían mediante una llamada. Esta vez llamó Gwen, estaba excitada por todo lo ocurrido, y tenía unas ganas infinitas de contárselo a Dirk. Como era costumbre los dos se encontraban en la cama. Cada uno en la suya. Colgados al teléfono y hablándose durante casi una hora. Un ritual que les encantaba.

Gwen yacía toda comprimida, en posición fetal, y bien acurrucada contra la almohada, dejando el teléfono encima de su oreja, para poder jugar con las puntas de la sabana mientras hablaba. Dirk, por su parte, estaba acostado boca arriba, con una mano debajo la cabeza y la otra sosteniendo el teléfono, observando las estrellas de su nuevo reflector estelar, que hacía un mes que se había comprado. Un aparato que reflejaba en la pared del techo, todas las constelaciones que tenia cargadas en su memoria, pudiendo escoger la vista nocturna, la más espectacular que se desease, sólo había que cargarla en el modulo de encendido y listo. Esa noche escogió una vista oscura, con pocas estrellas, pero con una de bien iluminada, su brillo alegraba la vista solo de observarla.

Ella le contó la historia del profesor y la particularidad de este insecto. Él sorprendido de que la cristalina pudiera estar relacionada con leyendas de amor, le contó las propiedades físicas que hacían que el animal pudiera cristalizar. Información que por fin pudo encontrar después de remover la biblioteca entera durante toda la tarde.

También contó a Gwen, que había encontrado un libro, que hablaba de un sitio donde, se suponía que las mariposas iban, para poder interaccionar con el líquido que les permitía al cabo de dos días de su contacto, empezar el proceso de cristalización.

El buen doctor, también les contó que el cristal que se obtendría de esa cristalización, era el que se usaba para hacer las joyas susurrantes. Aquellas joyas que contenían las promesas y los deseos de los enamorados, y que creaban una conexión eterna entre los dos individuos que la forjaban.

Fascinados Dirk y Gwen acordaron ir en búsqueda de ese lugar, donde recogieran algún insecto, para poder tener un cristal en caso de querer en un futuro una joya susurrante.

Cuando finalmente se pusieron de acuerdo para la salida del día siguiente, ella le pidió tiernamente que lo hiciera. Hubo un pequeño silencio y luego se oyó un ruido, eran las hojas al pasar, hasta llegar al punto exacto. Ahí Dirk suspiró y empezó a leer. Era costumbre entre ellos que al despedirse de su conversación nocturna, él le leyera un poema. Las letras se juntaban, y las frases cogían ritmo, y así párrafo tras párrafo se formaba la melodía de una nana perfecta. Así terminaban los días, para dar paso a las noches de sueño. Se despidieron dulcemente, con besos y besitos y cuando finalmente colgaron el teléfono, se durmieron... juntos... a pesar de la distancia, pensando el uno con el otro, pensando en su inminente excursión al monte Hryad, en el rojizo desierto de Stayaan.

Así que ya estaba decidido, la mañana siguiente la dulce parejita, emprendería un viaje hasta el desierto Stayaan. Un viaje lleno de sorpresas inesperadas. Un viaje a la tierra de los Wrocks. Esos grandes desconocidos, sólo nombrados en leyendas y fantasías.

Entonces cayó el anochecer.

Continuarà...